TAREA DEL MIÉRCOLES.
Pensemos en algo tan simple y profundamente humano como saber cuál es nuestra comida favorita, en nuestro lugar favorito. Desde antes de llegar, la mente ya empezó a vivirlo: imaginamos el sabor, anticipamos el aroma, casi sentimos la textura antes de que ocurra. Ese proceso no es trivial; es la capacidad del cerebro de proyectarse, de construir placer incluso antes del contacto real.
Llegamos. El momento ocurre.
El aroma nos envuelve, la textura confirma la expectativa, el sabor explota en el paladar. Hay una especie de éxtasis breve, una presencia total. En ese instante no hay pasado ni futuro: solo experiencia. Eso, en términos clínicos, es un estado de integración plena entre percepción, emoción y conciencia.
Pero entonces sucede algo inevitable: lo comemos, lo deglutimos… y termina.
Lo interesante no es que termine, eso es natural, sino lo que ocurre después. La mente vuelve a aparecer: “qué bueno estuvo”. Y acaricia el momento con el recuerdo, con ese eco del sabor que aún permanece. Ahí nace la memoria emocional, ese registro que no solo guarda lo vivido, sino cómo lo sentimos.
Y así funciona la vida.
La anticipamos, la imaginamos, llegamos a ciertos momentos que a veces coinciden y a veces no, con lo que esperábamos. Cuando coinciden, los disfrutamos; cuando no, también nos dejan huella. Pero en ambos casos, pasan. Se transforman en historia, en recuerdo, en narrativa personal.
Surge entonces, querido lector de estas reflexiones, una verdad que puede ser incómoda pero profundamente liberadora: no podemos retener la experiencia, solo vivirla.
Por eso, el mejor momento no es el que vendrá ni el que ya fue.
Es el que se prueba.
El que se respira.
El que se siente.
Es ese instante que impacta, que nos despierta, que nos da alegría… o incluso tristeza. Porque la tristeza también es vida en movimiento, muchas veces confundida con la nostalgia de lo que ya no está.
Aprender a estar ahí, en ese punto exacto donde la experiencia ocurre, es una forma de salud mental. Es reducir la ansiedad del futuro y suavizar el apego al pasado. Es permitir que la vida, como ese sabor perfecto, sea intensa, efímera… y suficiente.
Porque al final, no somos dueños del tiempo que pasa, pero sí podemos ser plenamente conscientes del instante que vivimos. Y eso, en sí mismo, ya es una forma de plenitud.
Aquí y ahora
Bendecido miércoles.
