TAREA DEL MARTES.
Una creencia es solo una idea a la que le dimos categoría de verdad. Y muchas veces, sin darnos cuenta, nos aferramos a ella como si fuera parte de nuestra identidad.
Nos encanta tener razón. Defender nuestro punto de vista nos hace sentir seguros, validados, importantes. El problema es que cuando quedamos atrapados en nuestras opiniones, dejamos de escuchar. Y sin escucha no hay empatía, ni respeto, ni crecimiento.
Creemos que cambiar a los demás nos traerá paz: que piensen distinto, que nos entiendan, que nos aprueben. Pero la verdadera libertad aparece cuando dejamos de exigir eso. Como decía Eleanor Roosevelt, nadie puede hacernos sentir menos sin nuestro permiso. Tal vez no sea el mundo el que tenga que cambiar, sino la idea de que los demás deberían pensar como nosotros.
Querer tener razón a toda costa suele salir caro. Podemos ganar una discusión… y perder una relación. Consumimos energía intentando imponer ideas, cuando podríamos usarla para comprender, disfrutar y estar en calma. Al final, cada persona ve la vida desde su propia lógica, y eso no es una amenaza: es un hecho.
Aceptar las ideas de otros no significa estar de acuerdo con ellas. Significa aceptar que no todos pensamos igual, ni tenemos que hacerlo. Resistirnos, luchar contra lo diferente, solo complica la vida.
Cuando algo que otro dice nos molesta, vale la pena mirar hacia adentro: ¿qué se activó en mí?, ¿qué parte se siente atacada? No para cambiar nada, solo para observar. Esa observación abre espacio y afloja el apego.
La asertividad nos ayuda a expresarnos sin imponernos: decir quiénes somos, qué pensamos, sin atacar ni defendernos. Y, sobre todo, escuchar. Escuchar de verdad. Porque cuando alguien se siente escuchado, baja la guardia. Tal vez eso sea lo que todos necesitamos un poco más: sentirnos vistos, respetados y aceptados.
Y entonces la pregunta queda abierta, sencilla y honesta:
¿prefiero tener razón… o vivir en paz?
Bendecido martes.
