No eres el nombre que heredaste, ni el color de tu piel, ni los rasgos que ves en el espejo.
No eres el lugar donde estudiaste, los títulos que colgaste en la pared ni el puesto que ocupas en tu trabajo.
No eres tus logros, tus fracasos, el dinero que ganas ni las cosas que posees.
No eres la imagen que construyes para agradar, ni el personaje que muestras en redes para ser aceptado.
No eres las expectativas ajenas, ni los moldes sociales que intentaste cumplir para encajar.
Nada de eso define tu valor, porque todo eso puede cambiar, perderse o desaparecer.
Tú eres la forma en que eliges tratar a los demás cuando nadie te está observando.
Eres la palabra suave que sana, el silencio oportuno que evita herir y la capacidad de pedir perdón cuando te equivocas.
Eres la empatía que nace cuando reconoces el dolor ajeno como si fuera propio.
Eres la generosidad que ofrece incluso cuando no sobra, la paciencia que practicas cuando el cansancio aprieta y la humildad que te recuerda que nadie es más ni menos que tú.
Eres la inclusión que abraza la diferencia y la bondad que no pregunta qué recibirá a cambio.
Eres la inteligencia emocional que te permite detenerte, respirar y elegir conscientemente cómo responder a la vida.
Eres el apoyo que brindas al que se siente roto, la esperanza que enciendes en quien cree haber perdido el rumbo.
Eres la sonrisa sincera que regalas, el abrazo que reconforta, la presencia que acompaña sin juzgar.
Eres coherencia entre lo que piensas, dices y haces.
Eres la honestidad con la que amas, no desde la costumbre, sino desde la comprensión profunda de lo que implica cuidar, respetar y permanecer.
Eres la fortaleza que has construido en silencio, después de cada caída.
Eres la conciencia con la que miras tu historia, aceptas tus sombras y eliges seguir creciendo.
Eso eres.
Y eso, exactamente eso, es lo que verdaderamente importa.
Bendecido viernes
