TAREA DEL LUNES.
El primer paso
Vivimos en una época donde, aunque se habla más que nunca de salud mental, también es más fácil ignorarla.
La organización científica, internacional “Sapiens Lab”, refiere que el 41% de los adultos de entre 18:34 años, incluidos en este grupo, los de la llamada generación Z, sufre problemas mentales de relevancia clínica, y esto no debería ser solo un dato, sino una preocupante invitación a mirarnos con honestidad. Porque lo verdaderamente preocupante no es únicamente lo que sentimos, sino lo que hacemos o dejamos de hacer con eso que sentimos.
El primer paso no es cambiar todo de golpe, ni tener respuestas claras. El primer paso es detenerse y reconocer: “algo en mí no está bien”. Y aunque parezca sencillo, ese acto requiere valentía. Implica dejar de huir de uno mismo, dejar de justificar el malestar o de esconderlo bajo la rutina, el trabajo o las distracciones.
Amarse a uno mismo, en este sentido, no es una idea superficial. Es una decisión profunda. Es elegir escucharse incluso cuando lo que aparece incomoda. Es aceptar que no siempre podemos solos, que hay heridas, pensamientos o emociones que nos sobrepasan. Y lejos de ser un signo de debilidad, reconocerlo es una de las formas más honestas de fortaleza.
Ponerse en manos de un terapeuta representa precisamente eso: un acto de amor propio. No porque uno esté “mal”, sino porque decide dejar de cargar solo con lo que pesa demasiado. Es abrir un espacio para entenderse, para ordenar lo que duele, para aprender nuevas formas de vivir y relacionarse. Es, en muchos sentidos, empezar a reconstruirse desde la conciencia.
También es válido dudar. Es natural pensar que uno debería poder resolver sus propios problemas, que quizá no es tan grave o que “ya pasará”. Pero hay momentos en los que lo que vivimos supera nuestras herramientas actuales. Y ahí es donde pedir ayuda deja de ser una opción lejana y se convierte en un paso necesario.
Este no es un problema aislado ni individual; es una realidad que atraviesa a toda una generación. Y sus efectos no se quedan en lo interno: influyen en cómo decidimos, en cómo nos vinculamos, en nuestra capacidad de expresar afecto, en decir “te quiero” o guardarlo en silencio.
Por eso, el primer paso no es perfecto ni definitivo. Es simplemente empezar. Empezar a mirarse, a reconocerse, a cuidarse. Porque una vida más tranquila, más plena y más consciente no comienza cuando todo está resuelto, sino cuando uno decide, con honestidad, hacerse cargo de sí mismo.
Tarea elaborada con la colaboración de la Psicoterapeuta Laura Emilia Martínez Avilés.
