Crónicas de Rí.
El poder tiene una propiedad óptica perversa, expande el ego de quien lo posee y vuelve invisibles a quienes están abajo, lo descubrí hace años en un evento gubernamental oficial, mientras observaba a un hombre de casi sesenta años, era un tipo bajito, de andar pausado, cuya mirada desbordaba una mezcla genuina de amabilidad y esperanza, miraba con devoción a la persona que yo acompañaba en ese momento; Movido por la curiosidad le pregunté si lo conocía, aquella pregunta detonó una charla amena, pero cargada de una nostalgia dolorosa, me contó su pasado; cómo se conocieron hace décadas, cuánto lo admiraba y cómo estar en ese evento era, para él, un premio del destino, detrás de su sonrisa se escondía una tragedia silenciosa, la dependencia gubernamental donde había entregado treinta y cinco años de su vida, su juventud entera, prácticamente lo estaba despidiendo a las puertas de su jubilación, ¡Se iba a quedar sin nada¡, sin embargo, sus ojos no se apartaban de su «amigo», estaba seguro de que él intercedería, era lógico pensarlo; el peso político de aquel funcionario era evidente, la multitud se agolpaba a su alrededor buscando desesperadamente una fotografía para el recuerdo, aquel hombre era el centro de gravedad del lugar.
El momento llegó, el influyente «amigo» se acercó a su más leal admirador y lo saludó con una efusividad ensayada, digna de un actor de primera línea, pude ver el estremecimiento en el cuerpo del sujeto; el encuentro casi lo hace llorar de la emoción, tras las preguntas obligadas sobre dónde se había metido los últimos veinticinco años, el hombre aprovechó el momento; a modo de queja y con el corazón en la mano, lo enteró de su situación, le suplicó que intercediera… «Usted puede, licenciado, a usted no le van a decir que no, solo dígale a mi jefe que no me corra, por favor«, imploró. La respuesta fue un monumento a la diplomacia vacía: «Claro, claro, no te preocupes, después vemos tu asunto».; el funcionario respondió con una cortesía quirúrgica, pero sus ojos ya escaneaban el salón buscando el siguiente aplauso, no había empatía real, solo un discurso diseñado para alimentar la ilusión y salir del paso, durante los tres días que duró el evento, la escena se repitió como un eco tortuoso. «Ayúdeme, licenciado, por favor«, repetía el apenado sujeto en cada oportunidad, la petición jamás fue atendida; con el paso de las horas, la máscara de cortesía del influyente se fue agrietando, transformándose en una mueca de molestia e incomodidad ante la insistencia de alguien que ya no le era útil…A mí me causó una profunda pena, en silencio, deseé jamás tener que pasar por una situación tan humillante, tan penosa…El evento terminó, el influyente continuó con su vida, esa donde los halagos verbales y la adulación diaria inflaban aún más su ego insaciable, él regresó a los reflectores; mientras el suplicante regresó a enfrentar un destino incierto, despojado de sus años de esfuerzo, pero… el destino es caprichoso y tiene una ironía implacable; años más tarde, la vida me colocó exactamente en el mismo escenario, ¡con el mismo influyente!, viví en carne propia lo que aquel olvidado y extraño sujeto padeció, las condiciones eran distintas, pero el mecanismo fue idéntico, mi petición, al igual que la de aquel hombre, cayó en el vacío de su indiferencia, en realidad, yo ya conocía el resultado, sabía la respuesta antes de preguntar, y aun así, acudí a aquel «amigo», lo hice, quizás, para confirmar la lección más amarga de la política y el egocentrismo…En el mundo de los adoradores del aplauso, los favores son una vía de un solo sentido, Son personajes que devoran la alabanza pública y privada, pero que operan bajo una estricta matemática utilitaria; si no puedes aportarles nada política o socialmente, dejas de existir, el me enseñó que en su vocabulario la palabra amigo no es un lazo de lealtad, sino una herramienta de cortesía desechable, un boleto que se cobra, pero que jamás se paga.
Al apagarse los reflectores, entendí que su amistad era solo un guion de cortesía, aprendí de golpe que en su altar de alabanzas los olvidados no tienen rostro, y que la palabra amigo, en sus labios, es solo una moneda falsa que el tiempo sepulto.»
