julio 18, 2024

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¡Suéltame chamaco¡me gritaba con desesperación la profesora Mirta sin soltarme las orejas, suélteme usted le replicaba mientras hundía con desesperación mis pequeñas manos en sus bien formados y generosos senos, lo anterior ante la atónita mirada de mis  compañeros de tercer grado, los gritos de la docente llamaron la atención del profesor que atendía el grupo contiguo  quien presuroso llegó al “rescate” de la educadora…¡suéltala! gritó con autoridad el recién llegado mientras trataba de soltar mis aferradas manos; sin embargo, insistí, que me suelte ella primero, para ese momento el busto de la maestra ya se encontraba al descubierto, el “taco de ojo” del recién llegado fue inevitable, como inevitable fue el que la “agredida” se percatara de ello, reprochándole con la mirada la indiscreción, finalmente la maestra cedió y por ende yo también, el dolor en las orejas era similar a su enrojecimiento, aunque no tanto como el del rostro de la apenada docente que con lágrimas de impotencia abandonó el aula  refugiándose en la dirección donde fue consolada por otra de sus compañeras; por mi parte frotaba mis adoloridos oídos tratando de mitigar el dolor infringido, recibiendo las miradas de reproche y desaprobación de las alumnas ahí presentes y congratulación de mis compañeros que entre risas y bromas me auguraban una madriza de parte de mi progenitora, no transcurrieron ni cinco minutos cuando el maestro Waldo director de la escuela,  escoltado por dos docentes se apersonó en la entrada del aula (que no tenía puerta) quienes sin siquiera preguntar me tomaron de mis aún adoloridas orejas y cuáles policías judiciales de los años ochenta fui sacado del salón de clases y trasladado a la dirección de la recién estrenada escuela donde ya el resto de profesores se encontraba, entonces el director sin quitarme la mirada sacó un metro (regla de madera de esa dimensión) y hablando en sílabas dijo “pon las manos hacia arriba” para ese momento sentía que el corazón saltaba de mi pecho, las lágrimas inundaban mis ojos, pero aun así con la voz quebrada respondí ¡no! lo ve señor director dijo la sollozante profesora, le digo que es el mismísimo demonio, ya no lo aguanto, no pone atención y lo que es más se la pasa jugando en el salón y distrayendo a todo el grupo, por eso le llamé la atención afirmaba la profesora mientras era consolada por otra educadora, no me llamó la atención repliqué, usted me quiso pegar con la regla y como no me deje me agarró de las orejas y yo solo me defendí, además yo no estaba jugando en el salón de clases, usted me jaló las orejas porque ayer la vi en el río cuando estaba desnuda abrazándose con el maestro Alberto  haya en la poza y yo sin querer los vi pero…¡ya cállate por favor! gritó esta vez la educadora mientras el Director que con la mirada reprochaba a los aludidos, insistía en que continuara con mi relato y eso se debía a que aparte del profesor Alberto, el maestro Waldo también tenía sus quereres con la “ofendida”  docente, entonces inició una discusión, una donde nada tenía que ver yo, una que solo involucraba a tres de los ahí presentes, las mentadas de madre no pudieron faltar y las amenazas no se hicieron esperar, finalmente tocaron el pedazo de riel (que hacía la función de timbre) y las clases de ese día concluyeron, el resto de la semana ante la ausencia del recién descubierto trío amoroso no hubo clases, aunque paulatinamente los ausentes fueron remplazados.

Debo admitir que aunque lo merecía, por la “agresión” a mi entonces maestra, nunca fui castigado, pues ese hecho fue opacado por la escandalosa conducta del trío de calenturientos profesores, hecho que a la fecha quizás por tratarse de una zona rural, aún persiste en la historia local.

Redacción ESQUEMA Noticias

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