Hay personas que para llegar lejos no necesitan olvidar de dónde vienen. Al contrario: cargan su tierra consigo.
Jesús Rigoberto Ramos Sánchez nació en Coalcomán, pero sus primeros recuerdos pertenecen a Mexiquillo el Alto, ese pedacito de nuestra sierra donde pasó su infancia y donde, entre la familia, el campo y la sencillez de la vida de rancho, comenzó a construirse buena parte del hombre que es hoy.
Quienes lo conocemos desde hace años sabemos que Jesús siempre ha tenido una manera muy particular de caminar por la vida: sin hacer demasiado ruido.
Amigo de sus amigos, sencillo en el trato, dispuesto a tender la mano y con esa cualidad que por estos rumbos no necesita títulos ni explicaciones. Aquí simplemente decimos que alguien “es gente”.
Y Jesús siempre ha sido eso: gente.
Pero llegó el día en que aquel muchacho de Mexiquillo tuvo que mirar más allá de las montañas.
Como tantos jóvenes de nuestros pueblos, hizo una maleta, guardó en ella algunos sueños y dejó Coalcomán rumbo a Morelia. Iba detrás de una meta que seguramente entonces parecía enorme: convertirse en Ingeniero Civil.
Ingresó a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y comenzó una etapa que no siempre fue sencilla.
Estudiar lejos de casa significa aprender mucho más de lo que dicen los libros. Significa administrar lo poco o lo mucho que se tiene, extrañar a la familia, resolver problemas solo y entender que los sueños también cuestan.
Jesús lo sabía.
Por eso estudió, trabajó y siguió adelante.
Y en algún rincón de aquella maleta también viajó un viejo compañero: su violín.
La música siempre había estado cerca de él. Desde joven tocaba junto con su familia en un grupo musical y, aunque su camino profesional comenzaba a escribirse entre números, planos, cálculos y estructuras, nunca dejó completamente atrás aquellas cuerdas que lo conectaban con casa.
Durante sus años como estudiante, algunos tuvimos la oportunidad de verlo en las calles de cantera rosa de Morelia, violín en mano, interpretando algunas melodías para ayudarse a solventar sus estudios.
Tal vez para cualquiera que pasaba por ahí era simplemente un joven tocando música.
Pero detrás de aquel muchacho había una historia mucho más grande.
Había un estudiante luchando por convertirse en ingeniero.
Y lo logró.
Los años pasaron y aquel joven de Mexiquillo el Alto se convirtió en Ingeniero Civil.
Podría haber decidido que aquello era suficiente. Después de todo, ya había cumplido el sueño que alguna vez lo hizo dejar su casa y viajar a la capital.
Pero hay personas a las que alcanzar una meta solamente les sirve para descubrir la siguiente.
Jesús decidió continuar.
Volvió a las aulas de su querida Universidad Michoacana para estudiar una Maestría en Ingeniería Estructural. Vinieron entonces más años de preparación, más libros, más cálculos y una comprensión mucho más profunda de aquellas estructuras que silenciosamente sostienen nuestra vida cotidiana.
Y ocurrió algo bonito.
Un día, aquel muchacho que había llegado a la universidad cargando sueños terminó regresando a sus aulas desde otro lugar.
Ahora como maestro.
Su preparación y capacidad profesional hicieron que fuera invitado a incorporarse como docente de la Facultad. Y así, el que alguna vez se sentó frente a un profesor intentando comprender la ingeniería comenzó también a compartir sus conocimientos con nuevas generaciones.
La vida tiene maneras curiosas de cerrar círculos.
Pero todavía faltaban kilómetros por recorrer.
Muchos.
El pasado 10 de agosto, un sismo ocurrido en Colombia dejó afectaciones importantes, particularmente en la ciudad de Pereira.
Y hasta allá llegó Jesús.
Hoy se encuentra en Colombia participando en trabajos de evaluación estructural de edificaciones afectadas por el sismo, poniendo en práctica aquello que durante tantos años estudió y perfeccionó.
Su responsabilidad es enorme: analizar estructuras dañadas y contribuir a determinar si un inmueble puede continuar siendo habitado, si debe utilizarse con restricciones o si el daño representa un peligro de colapso que haga necesaria su desocupación o demolición.
Dicho técnicamente puede parecer solamente ingeniería.
Pero cuando uno lo piensa detenidamente, comprende que es mucho más que eso.
Porque detrás de una pared agrietada existe una familia preguntándose si puede regresar a casa.
Detrás de cada edificio hay historias, pertenencias, recuerdos.
Y detrás de una evaluación correctamente realizada puede estar la tranquilidad “e incluso la seguridad” de muchas personas.
Entonces uno mira hacia atrás y resulta difícil no emocionarse.
Porque antes de Colombia estuvo Morelia.
Antes de la maestría estuvo la carrera.
Antes del maestro estuvo el estudiante.
Antes de los cálculos estructurales estuvieron las noches de estudio, los sacrificios y aquellas tardes en que un violín sonaba entre las calles de cantera rosa.
Y mucho antes de todo eso estuvo Mexiquillo el Alto.
Ahí comenzó realmente esta historia.
Quizá Jesús nunca imaginó, mientras crecía entre aquellos caminos de nuestra sierra, que algún día sus conocimientos lo llevarían fuera de México para ayudar a evaluar estructuras después de un terremoto.
Pero así son algunos sueños.
Comienzan pequeños.
Caben en una maleta.
Cruzan montañas.
Se alimentan de sacrificios.
Y un día descubrimos que llegaron mucho más lejos de lo que imaginábamos.
Hoy Jesús Rigoberto Ramos Sánchez está en Pereira, Colombia, llevando consigo los conocimientos de un Ingeniero Civil y Maestro en Ingeniería Estructural formado en la Universidad Michoacana.
Pero estoy seguro de que también viajó con él algo de Mexiquillo.
Algo de Coalcomán.
Algo de su familia.
Quizá hasta alguna melodía de aquellas que alguna vez tocó con el violín.
Porque uno puede recorrer miles de kilómetros, estudiar, convertirse en maestro, cruzar fronteras y conocer otros lugares, pero existen cosas que nunca se guardan realmente en una maleta porque se llevan por dentro.
Y creo que esa es la parte de su historia que más admiro.
Que detrás del ingeniero, del especialista y del profesor universitario continúa estando Jesús: el amigo, el músico, el hombre sencillo, el coalcomanense que sigue siendo gente.
Hoy sus conocimientos ayudan lejos de casa.
Y mientras él analiza estructuras del otro lado del continente, desde este pequeño rincón de Michoacán podemos decir con enorme orgullo que uno de los nuestros anda por Colombia haciendo lo que un día soñó hacer: ejercer su profesión, servir a los demás y poner muy en alto el nombre de la tierra que lo vio crecer.
De Mexiquillo el Alto a Colombia hay miles de kilómetros.
Pero para llegar hasta allá, el Mtro. Jesús necesitó algo mucho más importante que recorrerlos:
tuvo que atreverse, un día, a hacer aquella primera maleta.
Mtro. Jesús Rigoberto Ramos Sánchez, orgulloso hombre Coalcomanense, hombre ilustre.
Autor Angel Avalos.
