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Entre el movimiento diario del Centro Histórico de Morelia todavía sobreviven oficios que forman parte de la imagen tradicional de la ciudad. Uno de ellos es el de los boleros, una actividad a la que Efraín Chávez Valdez ha dedicado los últimos 25 años, después de llegar a este trabajo casi por casualidad y pensar que solamente sería algo temporal.

Con el paso del tiempo, la silla de bolero se convirtió también en un lugar para conocer personas, escuchar historias y convivir con clientes de diferentes sectores. Sin embargo, Efraín también ha visto cómo el oficio ha perdido clientes ante el uso cada vez más frecuente de tenis, mientras que los zapatos de piel son cada vez menos comunes. Aun así, asegura que una de sus mayores satisfacciones continúa siendo ver a una persona levantarse de la silla con sus zapatos limpios y bien hechos.

Vivir de este trabajo tampoco es sencillo. Hay días en los que las horas avanzan y los clientes no llegan, haciendo difícil reunir el ingreso necesario para llevar el sustento a casa. Pese a ello, los boleros continúan ocupando espacios en plazas y portales de distintas ciudades, incluido Morelia, donde Efraín ha permanecido durante un cuarto de siglo.
Entre las historias que guarda de sus primeros años recuerda una tormenta en la que se refugió bajo un árbol junto al hombre que lo ayudó a ingresar al oficio. Un rayo cayó cerca y provocó daños en una cruz de cantera de la Catedral. Efraín bromeó entonces con que quizá Dios no quería que fuera bolero. Pero lo fue, y 25 años después continúa detrás de su silla, entre cepillos, grasa y zapatos de piel, esperando al siguiente cliente y manteniendo vivo un oficio tradicional que todavía forma parte de las calles de Morelia.
