Crónicas de Rí.
Por/Jose Alberto Coronel Fierros
Por el contexto de los hechos y el debido respeto a la privacidad de los involucrados, se han omitido las fechas exactas y la identidad de los protagonistas. Sin embargo, los acontecimientos ocurrieron tal y como se narran a continuación…
La temperatura de la ciudad descendía mientras los faroles se encendían. La pasividad diurna de la capital michoacana se extinguía para dar paso a la algarabía nocturna. Justo en ese momento, un caballero de la tercera edad —veterano de mil batallas contra el tiempo y los dolores de ciática— decidió que ese día no se tomaría el té de manzanilla; iba a buscar una última aventura. Sin más, se enfiló con paso firme (pero lento) hacia la mítica Plaza Carrillo, un rincón de la ciudad donde los corazones solitarios suelen negociar un rato de compañía.
Nuestro protagonista, tras ajustar sus lentes bifocales, eligió a una carismática dama para ser su pareja de gala, y así, se enfilaron hacia su destino; una discreta habitación de hotel con televisión a color y jabón de cortesía. Sería un encuentro por el puro placer de recordar los años de gloria y, con suerte, hacer que el corazón se sintiera joven una vez más. Y así comenzó la velada, el galán, con el orgullo en alto y recurriendo a un pequeño secreto azul de farmacia, se entregó al entusiasmo del baile amoroso. Rodaron por el colchón con crujir de resortes incluido; ella, para entrar en ambiente, le susurró y abrazó con fuerza, mientras el caballero, motivado por el momento, respondía con el último aliento de su juventud recuperada. La dama creía que el encuentro iba de maravilla al notar cómo la respiración del hombre se agitaba y sus ojos se abrían de más en un gesto de intensa emoción, lo abrazó aún más fuerte, sin saber que, en ese preciso instante, la vida se le escapaba al buen hombre; el esfuerzo fue demasiado para su cansado corazón y, en pleno clímax del romance, el caballero abandonó este mundo, directo al descanso eterno de los jubilados. La mujer, sin sospechar el trágico desenlace, pensó que el cliente simplemente se había quedado dormido por el esfuerzo, así que se dispuso a descansar satisfecha por el veloz encuentro y, después de unos minutos extendió la mano esperando sus honorarios. Fue en ese incómodo momento cuando se dio cuenta de que la velada había terminado en una tragedia de dimensiones épicas; el octogenario había cruzado el umbral hacia la luz del túnel, dejándole una cuenta pendiente y un frío compañero de habitación. El dueño del establecimiento, al enterarse de la situación, llamó a las autoridades locales, la dama, aunque asustada por lo sucedido, estaba más preocupada por ver quién iba a cubrir los gastos de su tiempo invertido, mientras tanto, los servicios de emergencia maniobraban con respeto para retirar al fallecido, quien, en un último y póstumo acto de dignidad, lucía una paz inquebrantable. La noche cayó en la Ciudad de la cantera rosa, ocultando entre las sombras historias de romances clandestinos que terminan en leyendas urbanas. Aunque, siendo justos con nuestro protagonista, lo más seguro es que partió al más allá con una sonrisa de oreja a oreja, habiendo concluido su vida justo como los grandes románticos… ¡en el apasionado desenlace de su última gran cita!
