TAREA DEL MARTES.
Si crees que te hace falta algo… sal y observa el mundo.
Hay días en los que estamos tan concentrados en aquello que creemos que nos falta, que dejamos de mirar todo lo que ya sostiene nuestra vida. Nos acostumbramos con tanta facilidad a nuestros propios milagros, que terminamos tratándolos como si fueran obligaciones del destino.
Entonces aparece la sensación de vacío. Pensamos que la felicidad está en ese ascenso, en esa casa, en ese automóvil, en esa relación, en esa cantidad de dinero o en ese reconocimiento que todavía no llega. Y mientras perseguimos lo que aún no tenemos, dejamos de abrazar lo que ya es parte de nosotros.
Si alguna vez sientes que la vida te debe algo, sal. Camina por las calles. Observa con atención. Descubrirás personas que darían cualquier cosa por recuperar la salud que hoy tú das por sentada; otras cambiarían toda su fortuna por volver a abrazar a un hijo, por escuchar nuevamente la voz de un ser querido o simplemente por despertar mañana.
La mente humana tiene una curiosa tendencia: fija su atención en la ausencia y convierte en invisible la abundancia cotidiana. Por eso, muchas veces no sufrimos por lo que realmente nos falta, sino por haber perdido la capacidad de reconocer lo que ya poseemos.
Tal vez el verdadero bienestar no comienza cuando obtenemos más, sino cuando despertamos la conciencia de lo inmensamente afortunados que somos. Tener vida, respirar sin esfuerzo, mirar un amanecer, escuchar una canción, sentir el abrazo de alguien que nos quiere, contar con un techo, una profesión o la posibilidad de trabajar, tener amigos, una familia o incluso la libertad de empezar de nuevo… son riquezas que rara vez aparecen en una cuenta bancaria, pero son las que verdaderamente sostienen la existencia.
No se trata de renunciar a nuestros sueños ni de dejar de aspirar a una vida mejor. Se trata de no permitir que el deseo por lo que falta nos robe la gratitud por lo que ya existe.
Porque quizá el límite de nuestras necesidades no lo marque todo aquello que somos capaces de acumular, sino la conciencia de reconocer que, muchas veces, ya vivimos rodeados de aquello que otros, en silencio, le piden todos los días a la vida.
Bendecido martes.
