TRES MINUTOS

Crónicas de Rí.

Aquel caluroso día, el destino, o el ocio, me llevó a las canchas de fútbol conocidas como «Policía y Tránsito», en la cancha principal, donde normalmente se disputan los partidos de Primera Especial, varios apasionados del deporte de las patadas comenzaban a calentar, lo que de inmediato llamó mi atención no fue el nivel futbolístico, sino la categoría de los participantes, parecía ser la categoría Máster Plus Ultra… Avanzada, y no precisamente por la calidad del juego, sino por la respetable edad de los protagonistas; casi por instinto volteé hacia el estacionamiento con la esperanza de encontrar una ambulancia o, cuando menos, un paramédico listo para entrar en acción, pero no, ni una camilla, ni un botiquín, ni siquiera una silla de ruedas, ahí la fe era el único servicio médico disponible; mientras tanto, el árbitro se apresuraba a recoger las acreditaciones de los jugadores y alcancé a distinguir que uno de los equipos representaba al sindicato del Congreso local, más tarde, un aficionado me explicó que se trataba de un torneo interinstitucional; los sindicalizados calentaban con cierta ansiedad y volteaban una y otra vez hacia la entrada del complejo deportivo, era evidente que esperaban a alguien importante, de pronto, los rostros se relajaron, pues finamente llegó…trotando, o más bien levitando con una elegancia difícil de explicar, apareció el que, sin duda, era la gran figura del equipo y vaya que robó miradas; a pesar de rondar los sesenta años o quizá algunos más, lucía impecablemente uniformado, como si en lugar de jugar un partido fuera a grabar un comercial de ropa deportiva, su extensa y perfectamente cuidada cabellera arrancó más de un suspiro entre las aficionadas… maduras, muy maduras…¡Está igualito al Buki!, exclamó una de ellas y la verdad, exagerada no era, en fin, mientras el galán de la jornada aceleraba su calentamiento, el equipo rival lo observaba con cierta preocupación y entonces sonó el silbatazo inicial; los veteranos comenzaron a correr… bueno, a trotar con mucho entusiasmo y pocas prisas detrás del balón, procurando no hacerse daño entre ellos, nuestro protagonista en cambio, parecía más preocupado por encontrar su mejor perfil para las fotografías que por entrar en contacto con la pelota, haciéndo recordar a los presentes inevitablemente a Gordolfo Gelatino en alguna de sus inolvidables escenas; el reloj parecía avanzar más lento que los propios jugadores y entonces ocurrió…apenas transcurrían tres minutos de juego, el balón rodaba tranquilamente por el centro de la cancha, cuando nuestro héroe apareció, lo dominó con parsimonia, levantó la mirada buscando la portería rival, acomodó el cuerpo, abrió los brazos con elegancia, mientras su larga cabellera se movía al compás de la brisa (y no había brisa), tomó impulso para sacar un potente disparo…pero el único que salió disparado fue él…y como si la escena la hubieramos visto en camara lenta, observamos como se desplomó de espaldas sobre el césped sin siquiera alcanzar a tocar el balón…el silencio fue absoluto, jugadores, árbitro y aficionados permanecieron inmóviles, tratando de entender qué acababan de presenciar, hasta que, como suele suceder en estos casos, desde la tribuna surgió la primera indicación médica de alto nivel, ¡Échenle agua!, de inmediato jugadores de ambos equipos corrieron a auxiliarlo, ¡Tráiganle un dulce! gritó uno de sus propios compañeros, mientras hacía enormes esfuerzos por contener la risa, desde la banca llegó el remate que terminó por derrumbar a todos, ¡No manchen! ¿Para qué lo meten, si ya saben que nomás aguanta tres minutos en la cancha?. Confieso que, después de semejante escena, perdí todo interés por saber cómo terminó el partido o si lo reanudarían, asi que decidí retirarme convencido de que aquella historia merecía convertirse en crónica e incluso alcancé a comentárselo a un aficionado; supongo que para mi mala fortuna, el hombre era amigo, compañero o admirador incondicional del célebre futbolista, porque cuando apenas me alejaba de la cancha recibí un soberano balonazo en la espalda… y el partido todavía ni siquiera se reanudaba, y así terminó mi jornada, yo me fui con un golpe en la espalda, el protagonista se fue con el suyo, aunque, siendo sinceros, el de él no fue un golpe de balón…Fue un golpe… de calor, un desmayo, un vagido o un soponcio, pero de que le dio, le dio y fue justo a los tres Minutos de juego.

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