Crónicas de Rí.
Por: José Alberto Coronel Fierros.
El año era 1985 (aunque el calendario oficial dijera otra cosa, en Michoacán el tiempo transcurría al ritmo del humor del mandatario). El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano apuraba los últimos meses de su sexenio. Para la historia oficial, la logística de aquellos ayeres era de una austeridad franciscana; para los que la vivieron, era el caldo de cultivo ideal para el desastre, nada de convoyes de veinte camionetas blindadas ni sirenas rompiendo el viento; no señor, el jefe del Ejecutivo viajaba al estilo clásico, una robusta Suburban de la época, tres funcionarios respirando bajito para no alterar la atmósfera, un chofer con nervios de acero y un solo vehículo escolta que venía arrastrando el polvo metros atrás.
Aquella tarde de gira por la Región de Maravatío se había prolongado más de la cuenta. Tras pasar por Ciudad Hidalgo, Irimbo y Senguio, la noche cayó como un manto pesado sobre la sierra; el gobernador, famoso por poseer un temperamento que hacía parecer alegre a un bloque de granito, venía de un humor de perros, tan es así que, a mitad del camino de terracería que conectaba Senguio con la carretera Maravatío-Morelia, ordenó por radio que la escolta oficial se retrasara, no quería ver luces ajenas en su retrovisor; ese hueco en la retaguardia fue aprovechado de inmediato por el verdadero espía de la jornada, un intrépido auto compacto del periódico La Voz de Michoacán. En aquellos tiempos, a ese diario no se le llamaba «el cuarto poder» por cortesía; sus páginas tenían la fuerza de un decreto y sus reporteros, la audacia de meterse entre las patas de los caballos con tal de conseguir la de ocho columnas. Así, la Suburban gubernamental y el modesto carrito de prensa formaban una extraña procesión nocturna, levantando una cortina de polvo bajo la penumbra michoacana.
Mientras tanto, unos kilómetros más adelante, el destino jugaba sus cartas en la oscuridad. Al jefe de grupo de la Policía Judicial destacamentado en Maravatío se le había ocurrido la brillante e inoportuna idea de instalar un retén. En ese tramo desolado, seis agentes de la ley aguardaban entre las sombras…Alrededor de las diez de la noche, el panorama cambió; dos pares de luces rompieron la monotonía del camino, los judiciales, formados en la vieja escuela de la sospecha se pusieron en alerta máxima., las siluetas se plantaron a mitad de la terracería, entonces…El cerrojo de las armas largas resonó en la noche como un eco lúgubre.
¡POLICÍA JUDICIAL! —gritó uno de los agentes—. ¡SALGAN DE LOS VEHÍCULOS!
La Suburban frenó en seco, devorando la distancia en medio de una nube de polvo, pero de la unidad no bajó un delincuente asustado, ni un funcionario implorando clemencia; de la puerta del conductor emergió una figura imponente, mal encarada y con una autoridad que pesaba más que las armas de los policías.
¿Quién está a cargo aquí? ¡¿No saben quién soy?! retumbó la voz en la penumbra.
Los judiciales intentaron descifrar las facciones del recién llegado entre los destellos de los faros, y…fue en ese microsegundo de confusión cuando el mismísimo gobernador Cárdenas acortó la distancia hacia el policía más cercano. No hubo mediación, no hubo tarjeta de presentación, ni lectura de derechos; hubo, en cambio, una coreografía perfecta de la vieja política, una tremenda cachetada que impactó con precisión milimétrica entre la ceja, oreja y el cachete del agente.
¡SOY EL GOBERNADOR! ¡LÁRGUENSE DE AQUÍ! —gritó el mandatario, dejando el ambiente cargado de un silencio sepulcral.
El receptor de tan excelso golpe de nombre Gildardo, no era cualquier novato, pues en las filas de la corporación se le conocía como «El Soldado» o «El Sol», un hombre de armas tomar, aguerrido y de mecha corta quien, con el rifle de cargo ya terciado, el instinto de supervivencia y el orgullo herido empujaron su mano directamente hacia la cacha de su pistola… Los segundos se volvieron eternos, las estrellas parecieron detenerse sobre el valle de Maravatío, sin embargo, justo antes de que la terracería se convirtiera en un escenario de tragedia, un destello de profunda cordura y sabiduría burocrática iluminó la mente del agente:
«Tranquilo, Soldado… respira. No te está pegando un cualquiera. Te está cacheteando el mismísimo señor Gobernador».
Con la dignidad adolorida pero el pellejo intacto, «El Sol» retiró la mano del arma, la Suburban reinició su marcha, seguida por el auto de La Voz de Michoacán, cuyos tripulantes seguramente apagaron las luces interiores para no ser los siguientes en la lista de distribución de bofetadas reales. Al día siguiente, la cruda realidad institucional se hizo presente: el gobernador no olvidaba, para el amanecer, los seis judiciales del retén ya estaban firmando su baja definitiva de la institución, despedidos, sin gloria y uno, El Sol, con la mejilla roja.
Pero la política mexicana siempre tiene un sótano, una trastienda y una matriarca. Un mes después, siguiendo el oportuno consejo de un viejo lobo de mar, «El Sol» se apersonó en la casa de Gobierno para buscar una audiencia con el verdadero poder detrás del trono, la mujer ante la cual el severo gobernador volvía a ser niño: Doña Amalia Solórzano de Cárdenas. En una sala que respiraba historia patria, la viuda del General Lázaro Cárdenas escuchó con santa paciencia el relato del despedido Judicial; cuando «El Sol» llegó a la parte del impacto y de su posterior epifanía sobre la investidura del agresor, Doña Amalia no pudo contenerse…Una sonora carcajada rompió la solemnidad del recinto, entonces con un gesto divertido y el peso de su propio apellido, la dama tomó el teléfono y ordenó la inmediata reinstalación del agente. Tiempo después, recordando aquella noche donde la justicia estatal se impartió a mano abierta, «El Sol» compartía su máxima de vida con una sonrisa de resignación mientras comentaba “Ya me tocaba pagar una de tantas que hice en la corporación… y a final de cuentas, ¡a mí no me pegó cualquier pendejo, a mí me cacheteó el mismísimo señor gobernador!
JACF
