Tenía apenas dieciocho años cuando el destino decidió detener el tiempo por un instante, después de un accidente, desperté en un hospital rodeado de voces, luces blancas y el incesante ir y venir del personal médico, hasta ahí, todo parecía formar parte de la realidad, pero entonces ocurrió algo que, incluso hoy, décadas después, continúa habitando los rincones más profundos de mi memoria.
Perdí el conocimiento, o al menos eso fue lo que todos creyeron, porque mientras mi cuerpo permanecía inmóvil sobre una camilla, yo seguía observando, veía a los médicos y a las enfermeras trabajando desesperadamente para reanimarme, sus rostros reflejaban preocupación; el sudor recorría sus frentes mientras luchaban contra algo invisible que parecía empeñado en arrastrarme lejos, sin embargo, había un detalle imposible de explicar, no los observaba desde la camilla…Los veía desde arriba, como si hubiera abandonado el peso de mi cuerpo, flotaba en silencio sobre aquella escena, no sentía dolor, no sentía frío ni calor, no existía el miedo, tampoco la angustia; Todo cuanto me envolvía era una serenidad absoluta, una paz tan profunda que ninguna palabra humana parece capaz de describirla.
Recuerdo desplazarme lentamente sobre ellos, contemplando cada rostro con una claridad extraordinaria, era como un vuelo sereno, sin alas y sin esfuerzo, observé a cada uno de aquellos hombres y mujeres entregados a una batalla que, en aquel momento, parecía no pertenecerme y, entonces lo vi. !Mi propio cuerpo, yacía allí¡, ajeno a mí, como una prenda abandonada, no distinguía mi rostro, pero sabía que era yo, o al menos aquello que durante dieciocho años había creído ser, de pronto, sin transición ni advertencia, todo cambió, la escena volvió a acercarse, los rostros, las luces, los sonidos… Ya no los observaba desde las alturas, sino desde la posición de mi cuerpo tendido en la camilla.
—¡Ya regresó! —exclamó uno de los doctores mientras se secaba el sudor del rostro.
Regresó. Aquella palabra quedó suspendida en mi mente, aunque en ese momento no comprendí su significado, no hice preguntas, no intenté encontrar respuestas, simplemente continué con mi vida; Los años pasaron y aquel episodio quedó guardado en un rincón silencioso de mis recuerdos, como un sueño extraño que uno aprende a ignorar, hasta que, mucho tiempo después, escuché a varias personas relatar experiencias cercanas a la muerte, una tras otra describían sensaciones inquietantemente parecidas: la calma, la ausencia de dolor, la sensación de observar desde fuera del cuerpo, la paz indescriptible, entonces comprendí que aquello que viví no era un recuerdo aislado. ¿Qué ocurrió realmente aquella noche?, no lo sé, tal vez fue una ilusión nacida en los límites de la conciencia, tal vez fue un fenómeno que la ciencia aún intenta comprender o, quizá fue algo más, algo que habita detrás del velo que separa la vida de lo desconocido. No poseo respuestas, solo conservo una certeza que permanece intacta desde aquel día cuando llegó el instante en que creí perderlo todo, pero no sentí que dejaba de existir, sentí que, de alguna manera imposible de explicar, seguía siendo yo y, desde entonces, cada vez que pienso en la muerte, no puedo evitar preguntarme si acaso no es el final lo que nos espera, sino el comienzo de un misterio para el que todavía no tenemos nombre; la cuestión es que en lo personal lejos de temerle a la muerte le sonrío, lo hago porque conozco su tregua, porque tras habitar el vacio descubrí que el fin es solo despojo, la carne se rinde, pero la esencia trasciende, nos volvemos aire, memoria dispersa y una paz absoluta que espera al otro lado de la grieta, lo curioso es que años después la experiencia regresó intacta, en otros hechos, pero tomando una fotografia exacta de aquel recuerdo de mis dieciocho años.
«El destino no repite sus pasos por capricho; si el mismo abismo me ha mirado a los ojos en dos ocasiones, quizás el tiempo solo ensaya un secreto que mi memoria insiste en descifrar».
